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miércoles, 23 de febrero de 2011

ABUELAS DE PLAZA DE MAYO recuperando nietos

LAS ABUELAS
Y LA GENÉTICA
El aporte de la ciencia en la búsqueda
de los chicos desaparecidos
Abuelas de

Prólogo
Por Víctor B. Penchaszadeh*
El terrorismo de Estado ejercido contra la sociedad argentina por el infame
régimen militar que asoló al país entre 1976 y 1983, no tuvo límites.
En aras de imponer la mayor concentración de riqueza económica y poder
político jamás vista, decenas de miles de disidentes políticos fueron
desaparecidos, torturados y asesinados, y centenares de miles de argentinos
fueron expulsados al exilio y al desarraigo. La justicia fue avasallada,
la cultura atropellada y la educación vaciada de contenidos sociales.
Mujeres embarazadas, tratadas peor que animales camino al matadero,
torturadas salvajemente durante la gestación, forzadas a parir en condiciones
infrahumanas en sitios abyectos, y asesinadas luego del parto,
fueron moneda corriente en la larga noche de la dictadura. Entre las graves
violaciones cometidas contra los derechos humanos más elementales,
uno de los más perversos y que mayores secuelas psicosociales ha
generado, ha sido la apropiación de los niños nacidos en cautiverio por
parte de personajes vinculados al aparato represivo. Ocultamiento de
identidad, perversión en la crianza y negación permanente de la verdad
fueron los denominadores comunes de la apropiación de centenares de
niños durante la dictadura.
La localización e identificación de decenas de niños apropiados, hoy
jóvenes-adultos, fue posible gracias a la conjunción de numerosos factores
sociales, políticos, éticos y científicos. Dos de estos factores fueron
imprescindibles, sin los cuales no se podrían exhibir hoy los impresionantes
logros reseñados en este libro. En primer lugar, el coraje, la entereza,
la perseverancia, la inteligencia y el sentido profundo de familia,
ética y justicia de las Abuelas de Plaza de Mayo. En segundo lugar, el de-
sarrollo extraordinario de la ciencia de la genética y su aplicación al noble
fin de proveer la información necesaria sobre la identidad genética de los
niños apropiados, requisito indispensable para la recuperación de su verdadera
identidad.
Este libro reseña la increíble aventura protagonizada por las Abuelas y
genetistas de diversos países, que trabajaron mancomunadamente para
desarrollar por primera vez en el mundo el ya legendario “índice de abuelismo”,
para probar la relación de parentesco genético entre los niños
apropiados y sus abuelos biológicos. Esta gesta comenzó en plena dictadura
y transcurrió durante años en las principales capitales de mundo
con las Abuelas haciendo de acicate permanente a los científicos, hasta
que la formulación del “índice de abuelismo” dio su primer fruto con la
identificación de Paula Eva Logares en 1984.
Posteriormente, el progreso científico llevó a perfeccionar las técnicas
de identificación genética por medio de los análisis de ADN, facilitando
enormemente la tarea de identificar a los niños localizados. A partir
de entonces, los problemas que debieron sortearse para hacer cumplir
los principios de justicia y del derecho a la identidad fueron más de
orden político-social que científico-técnico. Efectivamente, las modernas
técnicas de ADN solucionaron las ambigüedades de los análisis
anteriores y dejaron al desnudo otros problemas. Éstos han consistido
en las mil y una maneras de evadir la justicia que han tenido los apropiadores
de niños, la lentitud excesiva de los procesos judiciales, las
múltiples oportunidades perdidas y el propio paso de los años. Los aspectos
judiciales, psicológicos, humanos y sociales del proceso identificatorio
han resultado mucho más complejos que los aspectos genéticos.
Y es en esos terrenos en los que hoy se mueven los grupos sociales y técnicos
que buscan hacer prevalecer el derecho a la identidad de los jóvenes-
adultos apropiados.
En estas páginas el lector encontrará relatos en carne viva de la saga de
las Abuelas, los otros familiares, los abogados, los jueces, los psicólogos,
los genetistas y muchos actores más, en la digna y hercúlea tarea de hacer
que aquellos que fueron apropiados desde niños –muchas veces por
represores vinculados a la desaparición de sus padres–, pudieran recuperar
su identidad y con ello su historia personal y social.
Como genetista, me caben dos comentarios que considero esenciales
en este tema. En primer lugar, no hay duda que las Abuelas han dado a
la genética una oportunidad única, la de redimirse como ciencia ante la
sociedad. Ciertamente, la genética había tenido una triste historia durante
el siglo pasado, pues estuvo asociada al racismo, a la discriminación, a
la violación de derechos reproductivos en nombre de la “eugenesia” y
hasta al genocidio. Pues bien, gracias a la gran oportunidad dada por las
Abuelas, la genética ha podido ponerse del lado de los derechos humanos
y posibilitar la efectivización del derecho a la identidad y la reparación a
la grave violación de la apropiación de niños.
El otro comentario es de alguna manera complementario del primero
y viene al cruce de lo que el reduccionismo y el determinismo genético
están preconizando, es decir representar al ser humano como una “máquina
biológica”, minimizando el papel fundamental del medio ambiente
en el desarrollo humano, exagerando el papel de los genes en la aparición
de enfermedades y generando la falsa idea de que la personalidad, el
carácter y las motivaciones psicológicas y sociales de las personas se
deben a los genes. La experiencia relatada en este libro, sin embargo,
hace justicia al concepto de que el desarrollo humano es la resultante de
complejas interacciones entre el genoma y el medio ambiente que lo
acompaña durante toda su vida. De la misma manera que no hay genes
“criminales”, tampoco los hay responsables de las más sublimes características
humanas, como el sentido de solidaridad y el ansia de justicia.
Así como la genética ha sido fundamental para que decenas de niños
apropiados recuperen su identidad, su historia y sus derechos, es preciso
reconocer que la identidad genética no es omnipotente, sino que interactúa
con las identidades psicológica, cultural, histórica y social del ser
humano, conformando en forma dinámica a lo largo de la vida lo que
entendemos como identidad integral.
En este libro el lector encontrará todos los ingredientes de uno de los
dramas humanos más tremendos de la historia moderna de Argentina y
el mundo. Por el lado de Abuelas, su instinto de vida y familia, su coraje
y perseverancia; por parte de los científicos, su convicción de que la genética
podía y debía ponerse al servicio de los derechos humanos. El entorno
social y político de esta gesta ética y científica explica tanto los éxitos
como las dificultades encontradas en el camino de la justicia y la vigencia
plena del derecho a la identidad.
*Profesor de Genética, Escuela de Salud Pública, Universidad de Columbia,
Nueva York. Consultor en Genética y Salud Pública, Organización Panamericana
de la Salud, Buenos Aires

LA NOTICIA

Una mañana de 1979 las Abuelas de Plaza de Mayo leyeron en el diario
El Día de La Plata una noticia que las llenó de esperanza. “Un hombre
que negaba su paternidad fue sometido a un examen de sangre comparativo
al del presunto hijo y resultó ser el padre. Ahí se nos prendió la
lamparita y se nos ocurrió la idea de utilizar la genética para identificar a
nuestros nietos”, recuerda Estela Carlotto, actual presidenta de la institución,
y explica:
Por entonces buscábamos mirando las caritas. Más de una vez yo misma
he seguido a mujeres que llevaban en brazos a un bebé que se parecía a
uno de mis hijos. En ese momento yo ni siquiera sabía si mi nieto era
nena o varón, pero recuerdo que seguí a una mujer y después, cuando la
tuve enfrente, miré su cara y la del bebé y eran iguales, era la madre evidentemente.
O si no, íbamos a la Casa Cuna a ver a los chiquitos, como si
eso nos fuera a ayudar en algo… en nada. Pero no teníamos otro argumento,
ni natural ni científico. Era decir “tiene que estar acá”.1
Hacía dos años que las Abuelas participaban de las rondas en la Plaza de
Mayo. Allí recibían denuncias anónimas. “Es un matrimonio que nunca
tuvo hijos y ahora hay un bebé”, les decía alguien en voz baja. Las Abuelas
iban a la casa y se las ingeniaban para llegar a ver al nene.
“Pero no podíamos ir a un juez y decirle ‘este nene es mi nieto porque
se parece a cuando mi hija era chica –señala Nélida Navajas, revisora de
cuentas la asociación–. Entonces dijimos ‘no, tiene que haber algo, algu-
na prueba contundente’” 2. Rosa Roisinblit, vicepresidenta de Abuelas,
describe la situación:
En un principio, cuando nosotras recién empezamos, estábamos buscando
criaturas recién nacidas, o que tenían dos o tres años. No teníamos
ninguna orientación, no sabíamos cómo hacer las cosas porque no teníamos
ningún texto de dónde aprender, el secuestro de niños por razones
políticas era algo inédito, no se había cometido en ningún lugar del
mundo un crimen parecido. Pero a medida que fuimos trabajando,
basándonos en nuestra propia creatividad, llegamos a preguntarnos: “Y
cuando ya tenemos un chico, ¿cómo hacemos para identificarlo, cómo
hacemos para saber a qué familia pertenece? ¿Cómo reconocerlos? ¿Cómo
no equivocarnos?”. Era muy difícil.3
En marzo de 1980, cuando las Abuelas localizaron a las hermanitas
Tatiana Ruarte Britos y Malena Jotar Britos, debieron enfrentarse al
problema de su identificación. Tenían fotos y otros elementos, pero no
eran suficientes. El juez quería una prueba incontrovertible del origen
de las niñas. Además habían pasado tres años desde su secuestro y
habían crecido.
Las Abuelas comprendieron que ubicar a los chicos era sólo el primer
paso. Ahora tenían que probar ante los jueces que los chicos eran efectivamente
sus familiares. María Isabel Chorobik de Mariani, ex presidenta
de la institución, cuenta:
Pensamos en todo lo posible. Por ejemplo, yo tenía mechones de pelo de
mi nieta de antes de que la secuestraran. Los envié a Amnistía Internacional
para ver si podían usarlos para identificarla. Recibí una respuesta en
que decían que iba a ser difícil, en especial porque el pelo había sido cortado
muchos años atrás y no contenía folículos. Otras preguntaron: “Tengo
un diente de leche que guardé de mi nieto, ¿podría usarse para identificarlo?”.
Otras Abuelas también se decían: “Bueno, los chicos secuestrados deben
poseer huellas plantares, porque en todas las salas de parto, ni bien nace
un bebé, se lo identifica por medio del dedo pulgar de la madre y de las
plantas de sus pies”5. Era una posibilidad, pero de escaso valor identificatorio:
servía para ubicar a un chico recién nacido, con diferencia de días
o a lo sumo de dos meses, porque después las plantas de los pies se transforman
mucho y muy rápidamente.
Armaron un cuestionario y todas ellas lo completaron, tratando de
consignar la mayor cantidad de datos particulares de sus nietos secuestrados
y de los padres de éstos: grupos de sangre, gustos, hobbies, deficiencias
físicas. También se pusieron en campaña para averiguar si una
diminuta manchita congénita persistía en el tiempo, cómo podía desarrollarse
una hernia umbilical, cuánto tardaba en borrarse la marca de
una vacuna.
Pero a todo esto se sumaba otro problema: ¿qué pasaba con los bebés
que habían nacido en cautiverio, de los que no quedaba nada tangible?
¿Cómo podían identificarse? Ninguna de las conclusiones a las que se
arribara con aquellas técnicas se podía aplicar en los casos de los chicos
nacidos en centros clandestinos.
Si querían hallar a sus nietos, las Abuelas debían encontrar un parámetro
que les ofreciera certeza. Por eso mismo, cada vez fue delimitándose
con mayor nitidez la vía de la sangre, y a partir de que leyeron aquella
nota en el diario las Abuelas supieron de la existencia de las pruebas
de paternidad.
“Si una persona dice ‘no, este chico no es mi hijo’, con sacarle sangre
a esa persona y al chico, se entrecruzan y se sabe si es o no es. Eso se
llama filiación –detalla Rosa Roisinblit–. Pero lo nuestro era que los
papás estaban desaparecidos. Por eso fuimos a preguntar al mundo
cómo podíamos hacer”6. ¿Serviría la sangre de las Abuelas?

La genética en
pocas palabras
El monje agustino Gregor Mendel, en el siglo XIX, fue el primero en
hallar un camino científico para los estudios sobre la herencia. Mendel
pasaba horas observando lo que ocurría en el jardín del monasterio austriaco
donde cursaba teología. Naturalista por afición, empezó a observar
parecidos evidentes y decidió estudiar estas semejanzas.
Al cabo de un tiempo logró describir las leyes que rigen la herencia
genética. ¿Cómo? Seleccionó diferentes variedades de arvejas y analizó
qué sucedía luego de cruzarlas. Cada variedad se caracterizaba por determinados
rasgos que se transmitían puros de generación en generación:
el color de la semilla, su textura, el color de la flor, entre otros.
Mendel estudió cómo eran las progenies que se generaban y planteó
que tanto las plantas como los animales transmitían a su descendencia
“factores discretos”, que no se mezclaban unos con otros en la descendencia.
Todo individuo llevaba dos copias de cada factor y recibía un 50
por ciento de cada uno de sus progenitores. Estos factores a los que denominó
“elementos” o “caracteres” constituían las entidades hereditarias 1.
Las leyes de la transmisión de los rasgos hereditarios establecidas en
1865 por Mendel, y que marcaron un verdadero hito en la historia de la
ciencia, recién fueron validadas en el año 1900 por tres científicos que,
de manera independiente, redescubrieron las leyes de la herencia y publicaron
sendos artículos en un volumen de las Actas de la Sociedad Alemana
de Botánica.
La palabra “gen” (en griego, “origen”) fue propuesta en 1909 por el inlibro
vestigador danés Wilhelm Johannsen para designar los elementos o factores
de Mendel, y “genética” pasó a designar una rama nueva de la fisiología
vinculada al estudio de la herencia. Aunque se había avanzado mucho,
el gen era todavía un concepto abstracto y no una realidad física observable.
La joven ciencia genética se encontraba frente a dos interrogantes fundamentales:
qué eran y dónde se encontraban los genes.
En 1920 el investigador estadounidense Thomas Morgan solucionó la
cuestión de la “base física de la herencia”. Él y su grupo de la Universidad
de Columbia experimentaron con la mosca del vinagre (también
conocida como mosca de la fruta), Drosophila Melanogaster, y demostraron
que los genes están localizados en los cromosomas2.
Desde tiempo atrás se sabía que los cromosomas estaban compuestos
por proteínas y ácido desoxirribonucleico (ADN). Pero faltaba saber cuál
de estas sustancias funcionaba como soporte de la herencia y en qué precisamente
consistían los genes. “Hay que aclarar aquí que la opinión de
la mayoría de los investigadores se inclinaba por las proteínas como la
base de la herencia, dado que el ADN era considerada, con sus cuatro
nucleótidos, una molécula poco interesante”, señala el historiador de la
ciencia Miguel de Asúa3.
Mientras algunos científicos de elite se lanzaban a la carrera para ubicar
correctamente todas las piezas de ese rompecabezas llamado ADN,
hacia 1920 también empezaron a usarse los primeros sistemas biológicos
que analizaban la herencia de genes para la investigación del vínculo
entre personas. Una medida de la eficacia de estos sistemas está dada por
el poder de exclusión de cada uno, que representa el porcentaje de hombres
de la población que no podrían ser los padres biológicos de un niño4.
El investigador Daniel Corach puntualiza:
Hasta principios del siglo XX no era posible excluir la existencia de vínculo
biológico de parentesco, al menos desde un punto de vista objetivo y
comprobable. La detección de la enfermedad de las transfusiones permitió
a Karl Landsteiner descubrir los grupos sanguíneos, también llamados
antígenos eritrocitarios. El primer sistema, denominado ABO, permitía 
descartar posibles vínculos paterno-filiales. La incorporación de nuevos
marcadores eritrocitarios y su empleo relativamente simple permitió
disponer de una herramienta objetiva que contribuía a la identificación
de individuos por comparación. Además de estos marcadores serológicos,
se encontró otros, como enzimas séricas (presentes en el suero de la
sangre) y proteínas plasmáticas polimórficas, es decir las que pueden
variar de un individuo a otro, ya que estas proteínas exhiben varias formas
funcionales en la especie humana y la comparación de estas proteínas
complementa eficazmente la aportada por los grupos sanguíneos.5
No obstante, hasta bien entrado el siglo XX, el bajo poder de exclusión de
los sistemas utilizados sólo permitía dar una respuesta irreversible cuando
el informe indicaba que el padre sospechado no era el padre biológico.
Es decir que incluso aplicando todas las herramientas disponibles seguía
siendo muy probable encontrar más de un individuo de la población que
compartiera estas características y no fuera el padre biológico buscado.
Ahora bien, lo rudimentario del conocimiento de la genética humana
de entonces –aún no se sabía qué eran los genes–, no fue obstáculo para
la aparición de pseudoteorías basadas en la ignorancia y la tergiversación
de los principios de la genética. El médico Víctor Penchaszadeh ilustra algunas
de las consecuencias de esto:
A comienzos del siglo XX, las concepciones racistas y elitistas dominantes
en los Estados Unidos impulsaron la promulgación de leyes que permitieron
la esterilización involuntaria de decenas de miles de personas catalogadas
como “asociales”, “retardados” o “defectuosos”. Es triste recordar
que estas prácticas fueron impulsadas por los más connotados genetistas
de la época, que sin embargo se basaban en preconceptos y prejuicios totalmente
infundados para sus conclusiones. También en Estados Unidos en
las décadas del 20 y del 30 se decía que las razas eslavas y los grupos
humanos provenientes del sur de Europa eran “genéticamente inferiores”
con respecto a los del norte de Europa. Así surgieron leyes de restricción a
la inmigración para lo grupos humanos “inferiores”, basados en estos con-
ceptos pseudocientíficos, pero que tenían gran ascendencia en los genetistas
de la época. Los países de América latina no fueron inmunes a estas
concepciones racistas y clasistas. [...] Finalmente, a mediados de la década
del 30 y durante la Segunda Guerra Mundial los nazis cometieron las atrocidades
más abyectas usando la “higiene racial” como doctrina.6
Para la genética fue gravísimo que fueran justamente los genetistas más
prestigiosos de Alemania los que impulsaran y convencieran a los políticos
de la justeza de sus apreciaciones, y contribuyeran así a dar una
fachada “científica” al genocidio nazi. Luego del triunfo aliado, el desprestigio
de la genética humana fue tan grande que demoró varios años
en recuperarse.
El gran salto de la genética se produjo en 1953, cuando James Watson
y Francis Crick, dos investigadores de la Universidad de Cambridge,
Inglaterra, respondieron la otra pregunta fundamental: qué eran los
genes. Para descubrir la estructura del ADN Watson y Crick se valieron
de una fotografía de difracción tomada por Rosalind Franklin, de la Universidad
de Londres.
Así se pudo saber que cada molécula de ADN está constituida por dos
cadenas o bandas formadas por un elevado número de compuestos químicos
llamados nucleótidos. Estas cadenas forman una especie de escalera
retorcida –la “doble hélice”–. En su artículo “La estructura molecular
de los ácidos nucleicos: Una estructura para el Ácido Desoxirribonucleico”,
publicado el 25 de abril de 1953 en la revista Nature, Watson y
Crick ya afirmaban que el ADN se podía “desenrollar” para que fuera
posible su lectura o copia7.
Años después del descubrimiento de Watson y Crick, el ya citado Víctor
Penchaszadeh se fue a estudiar genética a los Estados Unidos. Se
había recibido de médico y lo apasionaba todo ese tema, en un momento
en que muy pocos en la Argentina sabían qué era la genética. Luego de
especializarse en genética médica y salud pública en la Universidad de
Johns Hopkins regresó a la Argentina en 1971 y se desempeñó en el Hospital
de Niños Ricardo Gutiérrez y en la Escuela de Salud Pública de la
Universidad de Buenos Aires (UBA). Si bien no tuvo militancia en ninguna
organización partidaria, Penchaszadeh siempre mantuvo una postura
pública progresista y de izquierda en torno a los conflictos políticos tanto
en el Hospital como en la Facultad. Y esto le costó el exilio. Como él
mismo cuenta:
El viernes 19 de diciembre de 1975, durante el gobierno de Estela Martínez
de Perón, un grupo de la Triple A me fue a buscar a mi consultorio, en
Santa Fe y Callao. Llegaron cuatro tipos, entraron en tropel y me bajaron
por el ascensor. Esto pasó los días previos a Navidad, había mucha gente
en la calle, cinco de la tarde. Me bajaron con los ojos vendados, las manos
atadas atrás y una mordaza en la boca, dos hombres, uno de cada brazo,
haciéndome sentir la punta de sus pistolas en mis flancos, diciéndome “no
hablés porque sos boleta”. Antes de bajarme dos de los individuos fueron
a buscar el auto para llevarme, que no sé dónde lo tendrían, entonces los
dos que se quedaron conmigo arriba esperaron un rato y después bajamos.
Cuando me bajaron el auto aún no había llegado, entonces ahí detecto un
momento de indecisión de ellos y yo, que tenía un cono de visión hacia
debajo de la tela adhesiva que tenía sobre los ojos, noto que se empieza a
juntar gente, mucha gente, y en eso llega el auto y me tratan de empujar
para meterme en el auto... La visión de ese auto me galvanizó, me hizo
generar mucha adrenalina, y recuerdo haberme apoyado con una pierna al
costado del auto, mientras pensaba “ahí no me tengo que dejar meter”. Y
cuando hago fuerza para atrás me caigo, en medio de la avenida Callao,
entonces escucho que desde el auto gritan “déjenlo y rajemos”, seguido de
portazos y el ruido del auto acelerando y alejándose, y yo quedé tirado en
la calle, hasta que inmediatamente la gente que pasaba por ahí me auxilió.8
Ese mismo día se había producido un conato de golpe por parte de un
grupo de la Fuerza Aérea, encabezado por el brigadier Jesús Orlando
Capellini, con el aval de Roberto Viola y Jorge Rafael Videla. A la mañana
siguiente aparecieron varios cadáveres en Capital y Gran Buenos
Aires. Penchaszadeh nunca más volvió a su departamento. Tres días des-
pués partía al exilio en Venezuela y a los dos meses lo seguirían su mujer
y sus dos hijos pequeños. Años más tarde se enteraría de que la Triple A
lo fue a secuestrar como pretexto para allanar el Hospital de Niños donde
trabajaba.
Vivió cinco años y medio en Caracas, donde trabajó en el Instituto
Venezolano de Investigaciones Científicas y, entre otras cosas, fue fundador
de la Sociedad Venezolana de Genética. Allí formó parte de grupos
de solidaridad con las víctimas de la dictadura argentina.
En 1981 le ofrecieron un puesto de médico genetista en la Escuela de
Medicina de Cornell y se radicó en Nueva York, muy cerca de la sede de
la ONU, y cerca también de Washington, donde está la sede de la OEA.
Por esa época cada vez más argentinos transitaban los pasillos de esos
organismos para denunciar lo que ocurría en el país. Penchaszadeh
conocería allí a las Abuelas
Peregrinaje por el mundo
Con el recorte periodístico del diario El Día en la mano, las Abuelas fueron
a ver a varios médicos amigos para saber si lo que decía el artículo se
podía extrapolar a la situación de los niños desaparecidos, pero ninguno
les supo dar una respuesta. Las Abuelas no querían excluir a sus nietos,
por el contrario, querían incluirlos, introducirlos en sus familias legítimas.
Por entonces el médico Jorge Berra, un amigo de las Abuelas, asistió
a un congreso sobre hematología que se reunió en San Pablo, Brasil.
El propio Berra recuerda:
Allí se nos prometió apoyo a nuestras investigaciones pero, por desgracia,
esas promesas después no se llevaron a la práctica. De todas formas,
nuestra presencia en dicha reunión tuvo sus aristas positivas, sobre todo
desde el punto de vista de la clarificación de los motivos de nuestra lucha.
Cuando relaté el problema de los niños desaparecidos, los asistentes se
horrorizaron de lo acontecido en Argentina y tanta fue su preocupación
que hasta quisieron impulsar un proyecto de ley que estableciera la obligatoriedad
de sacar las huellas digitales a los recién nacidos y el envío de
las mismas para ser archivadas en tres diferentes países, por si la misma
tragedia llegaba a reeditarse en Brasil.1
Hacia 1980 las Abuelas ya estaban muy al tanto del tema de las técnicas
de identificación. Ese año visitaron en París el Hospital de la Pitié y se
entrevistaron con el doctor Arnault Tzanck y con otros importantes helibro
matólogos de ese centro. La pregunta básica que hacían ellas era la siguiente:
“¿Existe un elemento constitutivo de la sangre que sólo aparece
en personas pertenecientes a la misma familia?”2. Tzanck llamó a diferentes
expertos en genética, sangre o transfusiones que trabajaban en el
lugar para plantearles el problema.
Las horas pasaban y las Abuelas seguían en la oficina. Cada vez aparecían
más médicos, hacían cuentas, revisaban libros y debatían entre sí,
pero ninguno encontraba salida al asunto. Finalmente los anfitriones las
invitaron con café, les regalaron un cenicero y después de cuatro horas de
trabajo las despidieron. Los profesionales se quedaron muy molestos con
ellos mismos por no haber podido averiguar lo que las Abuelas pedían3.
“En todos lados preguntábamos. Algunos nos miraban sorprendidos
y otros nos prometían seguir investigando. Muchos nunca habían escuchado
nada sobre el tema”, dice Estela Carlotto4. Las Abuelas siguieron
viaje por Alemania, Inglaterra, Italia y Suecia. Carlotto relata la escena
que vivió cuando fue al Hospital de Niños de Upsala, en Suecia, especializado
en pruebas de paternidad:
Nos recibió un científico del hospital y nosotras, traductora de por medio,
le fuimos contando quiénes éramos y lo que necesitábamos, que nos
habían recomendado ese lugar y que pensábamos que nuestra sangre servía
en reemplazo de la de nuestros hijos que estaban desaparecidos. Le
contamos toda la historia y el hombre, un rubio, muy blanco, cuando terminamos
de hacerle la charla, lo volvimos a mirar más detenidamente. Se
había rasguñado todo, le entró tanto el tema, no podía entender que pasaran
estas cosas. Lo cierto es que lo fuimos sensibilizando de tal manera
que terminó todo despeinado y con toda la cara rasguñada, de los nervios,
nos dio mucha pena verlo así pero después, a la vuelta, nos reíamos por
su reacción.5
En 1982 las Abuelas hicieron una gira por 12 países, pero en ninguno
encontraron soluciones concretas. En noviembre de ese año viajaron a
Washington para participar de la asamblea general de la Comisión Interlibro
americana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA. Allí estuvieron con
una argentina que vivía en los Estados Unidos, Isabel Mignone –hija del
fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Emilio Mignone–,
quien ya estaba enterada de que las Abuelas buscaban algún
método genético para identificar a sus nietos. Mignone les pasó el teléfono
de un médico argentino, exiliado también, que vivía en Nueva York.
Las Abuelas iban precisamente a Nueva York pues debían realizar gestiones
en la sede central de la ONU

En Nueva York hicieron las gestiones que tenían que hacer ante la ONU
y luego fueron al estudio de una artista plástica y experta en computación.
La visita no respondía a un interés estético. Por ese tiempo las
Abuelas barajaban otras posibilidades además de la sangre para identificar
a sus nietos. Por ejemplo, lo que se conocía como “identificación
morfológica”.
La artista, de apellido Burton, les mostró sus cuadros, artefactos y diseños,
hasta que les presentó su última invención, la “Máquina de la Edad”,
que supuestamente permitía saber la cara que una persona tendría en el
futuro. Las Abuelas creían todavía que era posible confeccionar un identikit
de los chicos desaparecidos y empapelar las calles del país con sus
rostros1.
Pero pronto advirtieron que este método no les serviría de mucho. La
mayoría de sus nietos había nacido en cautiverio, o sea que no tenían fotos.
Del resto de los niños, los que habían sido secuestrados, las fotos eran muy
difusas. Y si algo faltaba para convencerlas de que la “Máquina de la Edad”
no era lo que estaban buscando, Burton las convenció cuando les dijo lo
que salía el análisis. “Alrededor de mil quinientos dólares, así que salimos
corriendo, porque no teníamos ese dinero”, recuerda Estela Carlotto2.
Las Abuelas volvieron al hotel donde se alojaban, sobre la calle Lexington.
Habían quedado en juntarse en el bar del hotel con Víctor Penchaszadeh,
el médico genetista argentino exiliado en Nueva York que les
fuera recomendado por Isabel Mignone.
Penchaszadeh hacía un año que trabajaba en el Hospital Mount Sinai
de Nueva York y conocía el tema de las Abuelas, de hecho integraba el
Argentine Information Service Center (AISC), una comisión de argentinos
por los derechos humanos, y estaba informado sobre todo lo que ocurría
en el país. Aún así quedó impactado cuando las conoció. “La pasión,
esa mezcla de sufrimiento y fortaleza, la determinación de que no hay obstáculo
que las va a parar, esa era la impresión”, refiere Penchaszadeh3.
Durante la charla las Abuelas le preguntaron si era posible probar la
identidad de niños cuyos padres estaban desaparecidos contando sólo
con posibles abuelos y otros parientes colaterales. Penchaszadeh fue conciente
en ese momento de que la sociedad le estaba haciendo un reclamo
a la ciencia genética, y de que esa realidad social debía generar una respuesta
de ciencia.
¿Qué les dijo Penchaszadeh a las Abuelas? Les explicó que sí, que la
ciencia podía tener respuesta a sus reclamos, pero que para pasar de la
posibilidad a la realidad había que investigar el estado del arte de la identificación
de personas ya que la de los niños desaparecidos era una situación
inédita en el mundo. Él mismo detalla:
Les dije que había posibilidades de estudiar los parentescos usando productos
génicos de la sangre. La complicación, en este caso, es que cuanto
más lejano es el parentesco, menos eficacia tiene la prueba. Es decir que
si se tienen muestras de los papás y un hijo, es más directo, pero si no se
tienen muestras de los papás, se pasa a depender de estudios de los abuelos
o de parientes colaterales, tíos, primos, etcétera, lo que es más indirecto.
La variabilidad propia de las pruebas cuando el análisis está basado en
los productos génicos, genera más incertidumbre. En realidad se debe
inferir por estudios de antígenos, ya sea eritrocitarios [grupos sanguíneos],
o de histocompatibilidad [antígenos de trasplante]. Entonces se puede
decir: “Si este señor es AB, tiene el gen para el grupo A y el gen para el
grupo B”. Pero si es A, no se sabe si ese señor es AA o AO. Y con la histocompatibilidad
sucede algo parecido. Cada persona tiene para cada locus
dos alelos [variantes de un gen], que pueden ser iguales o diferentes, y
esto lleva a inferencias que pueden llegar a ser muy complejas y que pueden
generar incertidumbre en la identificación de lazos de parentesco.
Pero me acuerdo que les dije a las Abuelas: “Miren, esto es algo que hay
que estudiar, no hay experiencia internacional de identificación de nietos
a partir de abuelos, pero hay todas las razones para ser optimista”.4
De inmediato Penchaszadeh contactó a las Abuelas con el prestigioso
hematólogo Fred Allen, por entonces director del Blood Center de Nueva
York. El propio Penchaszadeh hizo las veces de traductor en aquel
encuentro. Allen, un hombre mayor a esa altura, había sido uno de los
creadores del método de cambio total de sangre de los bebés recién nacidos
con problemas de factor Rh negativo.
Junto con el subdirector del Blood Center, el chileno Pablo Rubinstein,
Allen escuchó el relato de las Abuelas. “Cuando le planteamos nuestro
tema –recuerda Nélida Navajas– nos vio tan desesperadas que nos
dijo: ‘Denme tiempo, yo me voy a ocupar, algo vamos a poder hacer’”5.
Allen les sirvió café, se puso a hacer cálculos y dijo que había que adaptar
las fórmulas estadístico-matemáticas que se usaban para las pruebas
de paternidad, pero que para esto había que trabajar.
La misma respuesta obtuvieron un día después, en Washington, adonde
volvieron para reunirse con Eric Stover, director del programa de
Ciencia y Derechos Humanos de la Asociación Americana para el Avance
de la Ciencia (AAAS, según sus siglas en inglés). Su reacción fue de
apoyo y atención cuando las Abuelas le preguntaron cómo podían aplicarse
los análisis genéticos para determinar abuelidad. Stover cuenta:
Las Abuelas vinieron a mi oficina y empezamos a hablar. Nunca lo olvidaré.
Ya habían visto a Penchaszadeh. Discutí la cuestión con Cristián
Orrego, un científico chileno que trabajaba en los National Institutes of
Health [NIH], y él se puso en contacto con investigadores de Stanford,
que lo derivaron a Mary-Claire King, una genetista de Berkeley, California,
como una persona que podía ayudar a elaborar el tratamiento estadístico
necesario.
La gente de la AAAS prometió a las Abuelas profundizar los estudios
para obtener el índice de abuelidad, y en los Estados Unidos quedó establecida
una dinámica de trabajo entre Penchaszadeh, Allen y los científicos
de la AAAS. Hasta entonces era todo puramente teórico, todavía
había que trabajar mucho.
Enseguida se sumó a la investigación del tema Mary-Claire King, especialista
en epidemiología genética, muy vinculada a científicos que se
ocupaban de variación genética a nivel poblacional, y todos, unos en
Nueva York, otros en California, se pusieron a ver cómo se podía hacer
para identificar a los hijos de desaparecidos apropiados por la dictadura
argentina. Penchaszadeh repasa el proceso de trabajo:
Primero estudiamos el tema, nos documentamos sobre todo lo referido a
lograr la inclusión en casos de parentesco, que aún estaba desarrollándose.
Se había desarrollado el tema de las pruebas de paternidad pero también
había cosas intermedias, reportes de casos, en donde se reconstruían
los lazos de parentesco, por ejemplo cuando faltaba el padre o la madre.
Me reuní con Fred Allen varias veces en Nueva York, y entré en contacto
con Mary-Claire King, con Pierre Darlu, con Luigi Luca Cavalli-Sforza, que
era un poco el maestro de Mary-Claire King, y entonces empezamos a trabajar
juntos el tema de sacar una formulación a esta temática. O sea, buscábamos
de qué manera se podía transformar la probabilidad estándar o
tradicional de prueba de paternidad en una probabilidad cuando faltan los
padres. Esto requirió ejercitación matemática, y ahí el que más trabajó fue
Darlu, pero fue una tarea de equipo, trabajamos todos juntos.7
Después de un año de trabajo, en octubre de 1983, y con la llegada de la
democracia, las Abuelas recibieron una llamada desde Washington de la
AAAS y al poco tiempo viajaron hacia allí. El científico Cristián Orrego
les informó que el tema que tanto las preocupaba había sido incluido en
el Simposio Anual del organismo que iba a realizarse en mayo de 1984
en Nueva York.
“¿Podemos ir al simposio?”, preguntaron las Abuelas, a lo cual Orrego
respondió: “Son ustedes las que han originado toda esta investigación.
¿Cómo no van a poder ir? ¡Por supuesto que tienen que estar ahí! Además
quiero que allí cuenten sus historias, que, en definitiva, son las que
le dan valor a este descubrimiento”8. Orrego, especialista en genética
molecular y doctor en bioquímica, había quedado impresionado por el
ingenio de las Abuelas. “La idea que tenían –explica–, y que efectivamente
les pertenecía, consistía para usar la genética para confirmar una prueba
circunstancial”.
Tal como les había adelantado Fred Allen, las Abuelas supieron que
ahora sí era posible establecer los lazos de parentesco con sus nietos a
través del análisis de distintos tipos de marcadores genéticos. “El papá y
la mamá no estaban, pero estaba la criatura –explica Nélida Navajas–, y
de la mamá estaban los abuelos, los tíos, los primos, y de la parte paterna
lo mismo, podía faltar un abuelo pero había tíos y hermanos. Cuanta
más sangre se obtuviera, mejor, esto era la histocompatibilidad”10.
Los antígenos de histocompatibilidad (HLA, según sus siglas en inglés)
son moléculas proteicas que se encuentran en las membranas de
todas las células y se encargan de diferenciar lo propio de lo ajeno. En los
transplantes son las responsables también de que un órgano de un dador
sea aceptado o rechazado por un receptor. Es decir que cuanto “más parecidos”
son los antígenos de histocompatibilidad de dos personas, mayor
es la probabilidad de que el receptor no rechace el órgano del donante.
La genética reconoció que esta variabilidad en el HLA de las personas
podía usarse como una “medida de la semejanza de los individuos” y, por
consiguiente, utilizarse para el análisis del vínculo biológico entre las
personas. Penchaszadeh da más precisiones sobre el HLA, que por
entonces se convirtió en una buena herramienta para determinar vínculos
de paternidad, hermandad y abuelidad:
Aún no había técnicas de ADN, la identificación genética se hacía con
análisis de productos génicos, no del ADN sino de lo que produce el
ADN, decenas de miles de proteínas de miles de géneros. Algunos de
esos productos génicos sirven para la identificación, productos sanguíneos,
siguiendo por enzimas, que tienen variabilidad genética, la cual también
se expresa como variabilidad en los productos de esos genes, en las
enzimas, comunes, diversas, todas tienen variantes de acuerdo a las variantes
del ADN. Una enzima puede tener varias formas, A, B, C, D... En
la población, hay gente que, de la misma manera que con los grupos sanguíneos,
puede ser A, otra B, otra AB, todo eso depende de la secuencia
del ADN. En esa época no se estudiaban secuencias de ADN porque no
había tecnología para hacerlo, en cambio sí se estudiaban los productos.
Y otros productos génicos son los antígenos de histocompatibilidad, que
ya se usaban para transplantes. Para un transplante se necesita que el
receptor y el dador del órgano, vivo o muerto, tengan el mismo grupo de
histocompatibilidad. ¿Por qué? Porque los antígenos de histocompatibilidad
tienen mucho que ver con la respuesta inmunológica y con el rechazo
al transplante. Y lo que tienen de particular esos loci, los lugares donde
están los genes, es que hay una variabilidad muy grande, así como en
grupos sanguíneos hay cuatro o cinco variantes, en los genes que producen
los antígenos de histocompatibilidad hay cuatro, A, B, C y D, y cada
uno tiene decenas de variantes, o sea que la probabilidad de que dos personas
no emparentadas tengan la misma combinación de esas variantes
es muy baja. Entonces ya desde esa época los antígenos de histocompatibilidad
se empezaron a usar para pruebas de paternidad.
Todavía faltaba un tiempo para que los secretos de los genes y del ADN
salieran a la luz y se desarrollaran los métodos de identificación que hoy
todos conocen, pero el paso más grande se había dado. Y esto gracias a
las Abuelas. El próximo paso sería encontrar el lugar y los profesionales
idóneos para llevar a cabo esta tarea en la Argentina. La dictadura recién
terminaba y los intereses que querían frenar la búsqueda de justicia eran
muy fuertes.

El caso de
Paula Eva Logares
Una de las primeras medidas del gobierno de Raúl Alfonsín fue la creación
de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP),
con el objetivo de determinar qué había pasado con las víctimas de
la represión ilegal durante los ocho años de la dictadura militar.
Miles de personas fueron entrevistadas por la Comisión, en tanto que
las Abuelas y el resto de los organismos de derechos humanos aportaron
gran cantidad de información adicional. Hacia junio de 1984 se habían
detallado la desaparición de 8.970 personas y el secuestro de 145 niños,
aunque según las estimaciones el número de desaparecidos de unos y
otros era mucho mayor.
La CONADEP ordenó la excavación de cientos de tumbas colectivas,
pero las exhumaciones se realizaron de manera insensible y primitiva, ya
que miles de huesos se apilaban junto a las tumbas abiertas, lo que hacía
imposible cualquier tipo de identificación.
Frente a esta situación de destrucción de cuerpos y pérdida de información,
en febrero de 1984 las Abuelas se reunieron con la CONADEP
e instaron a la comisión a ponerse en contacto con Eric Stover en la
AAAS, para pedirle su asesoramiento sobre los procedimientos adecuados
que había que emplear. Las Abuelas insistieron en que Mary-Claire
King se sumara a la comitiva para trabajar en el análisis genético.
El médico René Favaloro, integrante de la CONADEP, les había sugerido
que trabajaran con los médicos Emilio Haas y Luis Verruno y llegó
a concertar una reunión entre ellos y las Abuelas. “Nos recomendaron a
Verruno y Haas porque les pareció que lo que ofrecían era súper bueno,
tenían todas las maquinarias, los instrumentos y el know how. Pero nosotras
por supuesto investigamos quiénes eran, y ahí nos enteramos que
Luis Verruno, uno de los socios, trabajaba para el Hospital Militar. Y lo
impugnamos”, dice Estela Carlotto.
Los dos médicos impugnados por las Abuelas luego tendrían su propio
laboratorio, el Primer Centro Argentino de Inmunogenética (PRICAI),
en el segundo piso de la Fundación Favaloro. Este laboratorio, con
los años, iría acumulando antecedentes desfavorables que darían la razón
a las Abuelas. Una de sus dudosas intervenciones se produjo en el caso
de un juez, Gustavo Smuclir, quien se rehusaba a reconocer a su hijo y
los peritos, que trabajaban habitualmente con el juez, ocultaron los resultados
positivos del examen. Cinco empleados del PRICAI fueron apartados
de la causa y el autor del informe y director del laboratorio, Eduardo
Raimondi, recibió un “severo y formal llamado de atención” por sus
“inaceptables omisiones” por parte de la jueza que llevaba la causa .
Matrimonios acusados de apropiación también recurrirían al PRICAI
y nuevamente se comprobarían omisiones en los estudios. Finalmente el
PRICAI cobraría notoriedad nacional por las pericias que realizó en el
caso María Soledad Morales. Entonces fue contratado por el gobierno de
Catamarca para que confrontara las cadenas de ADN del semen encontrado
en el cadáver de María Soledad con la sangre de 18 sospechosos, pero
no llegó a ningún resultado. La periodista Victoria Ginzberg puntualiza:
El único aporte que hizo el PRICAI a la causa fue ratificar que María Soledad
era hija de Ada y Elías Morales. Y por eso recibió 19.950 dólares […]
Según una investigación publicada por Página/12 en ocasión de las irregularidades
en las pericias del caso María Soledad, el PRICAI no tiene
buena reputación entre la comunidad científica vinculada a la inmunogenética.
En los últimos años se dedicó a hacer estudios sobre compatibilidad
de órganos ante posibles trasplantes en unas 3.000 familias, pero utilizó
la información para hacer una investigación sobre paternidad, cosa
que no había sido consultada con los pacientes.
En junio de 1984 todo el episodio culminó con la renuncia de Favaloro a
la CONADEP y con la llegada de la comitiva de la AAAS al país para colaborar
en las exhumaciones y hacer recomendaciones con respecto a la
identificación de los desaparecidos. La delegación estaba integrada por
Mary-Claire King, Cristián Orrego y tres científicos forenses. A poco de
arribar Mary-Claire King se reunió con las Abuelas en la vieja sede de la
calle Montevideo 434. Dibujó el árbol genealógico de una hipotética
familia compuesta por cuatro abuelos vivos, los padres desaparecidos, y
un niño que podía o no estar relacionado con ellos.
Luego les preguntó a las Abuelas si se podía obtener una pequeña
muestra de sangre de cada abuelo y del niño. “Los abuelos va a ser fácil”,
dijeron las Abuelas, “y podemos lograr una orden judicial para analizar
al chico”5. King les explicó que de este modo, adaptando las formulaciones
matemáticas de la posibilidad de inclusión de paternidad, se podía
calcular la probabilidad de que ese set de abuelos fueran efectivamente
los abuelos reales del niño analizado. Mary-Claire King les hizo un breve
resumen de la ciencia genética:
El material hereditario está constituido por genes. Los genes son segmentos
de ADN, que contiene la información necesaria para que las células
del cuerpo fabriquen productos con función biológica, como enzimas,
hormonas, grupos sanguíneos y otras proteínas. Los genes existen de a
pares llamados alelos, uno heredado de su madre y el otro de su padre.
Cada padre, a su turno, heredó un alelo de la abuela y uno del abuelo. En
consecuencia, por cada gen, los alelos del niño serán copias de los alelos
de sus abuelos. Si los alelos del niño, para cierto gen, no son equivalentes
a los de cada uno de sus abuelos, podemos decir inmediatamente que el
niño no es miembro de esa familia. No obstante, si por cada gen el niño
tiene un alelo presente en los abuelos maternos y el otro en los paternos,
puede estar relacionado con la familia. Por cada gen podemos calcular las
posibilidades de que exista una relación biológica. Analizando los grupos
sanguíneos no podemos saber mucho. Un niño y cuatro abuelos pueden
compartir el grupo 0, pero la mitad de la población argentina tiene grupo
0. El grupo 0 no es útil para establecer la identidad de un niño. Lo que
necesitamos son genes que tengan diferentes alelos en la población, ya
que la variación de ciertos alelos en un niño y dos abuelos puede ser muy
útil para reflejar una relación biológica.
Algunos de los genes con mayor variedad son aquellos que determinan
los antígenos de histocompatibilidad o HLA. Las combinaciones posibles
de alelos de HLA en un individuo son tantas que es casi imposible que
dos personas no emparentadas puedan tener la misma combinación.
Sin embargo, en 1984, el análisis de HLA estaba sujeto a varias limitaciones
en la práctica: la principal, era que resultaba indispensable disponer
de sangre fresca para hacer los análisis. Aún no había aparecido
en la Argentina un laboratorio capaz de hacer los análisis de HLA, y
Mary-Claire King sabía que transportar cientos de muestras de sangre
desde la Argentina a los Estados Unidos sería una verdadera pesadilla
logística.
Las Abuelas se comunicaron nuevamente con Fred Allen y con Pablo
Rubinstein, del Blood Center de Nueva York, y les contaron el problema
al que se enfrentaban: que no encontraban en el país especialistas capacitados
para llevar adelante la tarea de identificar a los niños desaparecidos
y que los científicos que se habían ofrecido para hacerlo estaban fuertemente
relacionados con la dictadura. Rubinstein les pasó un dato: la
doctora Ana María Di Lonardo, jefa de la unidad de Inmunología del
Hospital Durand de Buenos Aires, contaba con un laboratorio completamente
equipado para realizar el trabajo de identificación.
De inmediato las Abuelas pusieron en contacto a Mary-Claire King y a
Ana María Di Lonardo y éstas empezaron a trabajar juntas en los primeros
análisis de HLA. King encontró que efectivamente toda la técnica y
todos los aparatos del Durand eran de última generación. Conversó y
dejó instrucciones por su especificidad a Di Lonardo y mientras tanto se
hizo un examen de sangre hipotético con dos abuelas de la institución y
su nieta, y mediante este sistema de HLA se estableció fehacientemente
la inclusión y se corroboró que se podía incluir un nieto en una familia
en ausencia del padre. Penchaszadeh recuerda:
Mary-Claire King trabajó con Ana María Di Lonardo el caso de Paula Eva
Logares, pasaron muchas horas en el laboratorio, se concentraron en toda
la parte de estadística. Cuando Mary-Claire volvió a los Estados Unidos,
se dedicó a dar un soporte técnico y científico a la identificación de niños
apropiados. Probar que alguien no es el padre o madre de un niño es muy
fácil, pero el asunto de probar que sí sean los padres es más difícil, sobre
todo si no se pueden analizar los padres y se depende del estudio de los
abuelos. Esto requería formulaciones estadísticas bastante complejas,
puesto que en lugar de los padres había que operar con los abuelos y otros
parientes colaterales. Ahí el otro personaje que participó para crear la
prueba probabilística fue Pierre Darlu, un matemático francés de la Universidad
de París, que estaba trabajando en la Universidad de Stanford,
California. Hubo que reconstruir los genotipos de los diferentes integrantes
de la familia, y así fue como Paula Logares fue identificada, la probabilidad
dependía de qué marcadores se usaran, encontrar variantes raras
tiene más valor, y esto fue lo que se hizo en 1984. Después aparecieron
otros casos y la técnica se fue refinando.
Paula Eva Logares (el caso al que refiere Penchaszadeh) nació el 10 de
junio de 1976 y desapareció junto con sus padres Mónica Grinspon y
Claudio Logares el 18 de mayo de 1978 en Montevideo, en donde residían
desde hacía un tiempo. En julio su abuela Elsa Pavón de Aguilar
comenzó la búsqueda en Uruguay, pero sin éxito, y en agosto conoció a
las Abuelas.
Elsa dejó de trabajar y se dedicó de lleno a la búsqueda de sus hijos y
de Paula. En uno de los viajes a Brasil la organización CLAMOR entregó
a las Abuelas una foto que había llegado con una denuncia. Cuando vieron
la foto no dudaron: se trataba de Paula.
Paula estaba en manos del subcomisario de la Policía Bonaerense
Rubén Lavallén, quien la había anotado bajo el nombre de Paula Lavallén
y como nacida en 1978, es decir que la niña vivía como si tuviera dos
años menos. Las Abuelas localizaron el domicilio del policía.
Elsa viajaba desde Banfield hasta Chacarita para poder ver aunque sea
desde lejos a su nieta. Una de sus guardias coincidió con la llegada de
Paula del colegio. Elsa la vio de espaldas y la reconoció. Lucía un guardapolvo
rosa, de jardín, cuando en realidad ya debería estar en la escuela
primaria.
En diciembre de 1983, el primer día hábil de democracia, se interpuso
la denuncia por el caso de Paula ante el Juzgado Federal N° 1. Pero la
niña tenía ya un documento, por lo cual había que demostrar que su
identidad era falsa. Las Abuelas obtuvieron una orden judicial para sacar
sangre a la niña y, paralelamente, consiguieron muestras de sangre de
los hermanos de Mónica Grinspon, de su hermana, de su madre, y de los
padres de Claudio Logares.
La sangre de todos ellos fue analizada por el método de HLA en el
Hospital Durand. El padre de Mónica había muerto poco después del
secuestro de su hija y de su nieta. Sin embargo Mary-Claire King y la
gente del Durand pudieron reconstruir su información genética a partir
de la de sus otros hijos (los hermanos y hermana de Mónica). Una vez
hechos los análisis quedó claro que Paula Lavallén podía ser miembro del
grupo familiar Logares-Grinspon. La evidencia venía del hecho de que
cada tipo de HLA es muy poco frecuente, y la posibilidad de que otra niña
compartiera con esta familia tanta información genética como compartía
Paula era menor a una en mil.
Las Abuelas llevaron los análisis a la Justicia. Hasta entonces Lavallén
y su esposa afirmaban –por todos los medios de comunicación– que
Paula era su hija biológica. El juez les reconoció el derecho a hacerse
también los análisis para demostrarlo. Lavallén no quiso y empezó a
argumentar que eso significaría una violación de su intimidad, pero dejó
de manifestar que Paula era su hija biológica.
El juez aceptó la evidencia de que Paula era la nieta apropiada de los
Logares-Grinspon y parecía que todo estaba preparado para su restitución.
De todas formas Lavallén apeló el fallo diciendo que su familia era
la única que Paula recordaba y que sacarla de su “hogar” sería más traumático
que si siguiera viviendo con ellos. La Justicia aceptó este argumento
y dio marcha atrás con la decisión previa.
En noviembre de 1984 las Abuelas presentaron el caso de Paula ante
la Corte Suprema de Justicia y la Corte, un mes más tarde, ordenó que
Paula volviera con sus abuelos. La niña fue dada en guarda a su abuela
Elsa, quien la llevó a su casa, adonde Paula había estado por última vez
cuando tenía un año y medio. La niña caminó por la casa y se detuvo en
la puerta de la habitación que había sido suya. Abrió, miró la cama, y preguntó:
“¿Dónde está mi osito de peluche?”
El caso de Paula Eva Logares fue el primero donde la filiación se comprobó
a través de estudios genéticos. A partir de este caso, el entonces
secretario de Salud de la Municipalidad de Buenos Aires, Teodoro Puga,
decidió que Ana María Di Lonardo sería la encargada de trabajar todos
los casos de chicos desaparecidos que fueran apareciendo a través de la
Justicia.
Con la eficacia demostrada de la técnica de HLA y la cuestión del lugar
para hacer los análisis resuelta, las Abuelas se pusieron a trabajar en la
ley para la creación de un banco de datos genéticos. Su gran preocupación
era la aceptación que iban a tener los exámenes entre los jueces. Las
idas y vueltas en el caso Logares confirmaban su preocupación.
“Además el ochenta por ciento de los jueces venía de la dictadura –sostiene
Estela Carlotto– y con ellos ya habíamos tenido serios inconvenientes.
De ninguna manera se podía trabajar con la Justicia en esa época, no
había forma, era indispensable una ley”. Pero para esto faltaba. El presidente
Raúl Alfonsín sólo las había recibido una vez –en 1983, junto con
otros organismos– y su política de derechos humanos ya comenzaba a
mostrar fisuras.

El primer equipo
de filiación
La comitiva de la AAAS llegada al país en junio de 1984 realizó una presentación
en la ciudad de La Plata ante la CONADEP y los organismos de
derechos humanos. Además de Cristián Orrego y Mary-Claire King, integraban
la delegación tres científicos forenses: Clyde Collins Show, Lowell
Levine y Luke George Tedeschi1.
La conferencia arrancó mal. La traductora elegida para la ocasión desconocía
buena parte de la terminología técnica que allí se usaba y entró
en pánico. Por suerte se trataba de una presentación abierta al público y
un joven estudiante de medicina se ofreció como traductor, así el
encuentro pudo seguir. “Todo lo que los científicos explicaban, el chico
traducía”, recuerda Rosa Roisinblit 2.
Morris Tidball Binz –así se llamaba el muchacho–, conoció ese día a
las Abuelas. Semanas más tarde recibió un llamado de ellas. Le dijeron
que se diera una vuelta por el departamento de la calle Montevideo. “Pensaba
que me propondrían un voluntariado o algo así. Iba a aceptar –cuenta
Morris–, pero me ofrecieron trabajo remunerado, algo impensable en
aquel momento. Y me metí a fondo en la institución”3.
Además de ser estudiante avanzado de medicina, Morris hacía investigación
y también militaba en derechos humanos. De inmediato se integró
al primer equipo de genética, encabezado por el médico Jorge Berra.
Al mismo tiempo, siguió haciendo de traductor de Clyde Snow y conociendo
todos los secretos de la antropología forense.
“Me contrataron básicamente por mis conocimientos de inglés. Era
una especie de ‘che pibe’: atender el teléfono, comprar helados y charlar
con las Abuelas”, afirma Morris, quien junto a Diana Grinspon, la otra
integrante del área, empezaron a armar los árboles genealógicos de los
chicos desaparecidos para establecer quiénes eran los más indicados,
dentro de cada familia, para ser sometidos a los estudios de filiación4.
El equipo de genética también se puso en contacto con el secretario de
Salud de la Municipalidad de Buenos Aires, Teodoro Puga, a quien se le
pidió que formara una comisión de expertos para ayudar a identificar a
los chicos y operativizar el tema del laboratorio que haría los análisis.
Como explica Jorge Berra:
El Estado había cometido todo el horror de la desaparición de los chicos y
entonces lo justo era que también asumiera la responsabilidad de arbitrar
todos los medios para solucionar sus secuelas. Además, nos dábamos
cuenta de que realizándolas los organismos estatales se dejaba de lado toda
esa especulación económica que siempre realizan los intereses privados.
Por ese motivo fue que nos relacionamos con el Servicio de Inmunología
del Hospital Durand. Ese fue un servicio creado por el intendente Cacciatore,
casi como un regalo para su médico personal, con quien jugaba al
golf, al cual le interesaba mucho realizar transplantes renales… Se trató de
una inversión de muchos millones de dólares. Son las paradojas de la vida:
el laboratorio montado por los personajes de la dictadura nos iba a ayudar
a recuperar a los chiquitos que ellos habían ayudado a secuestrar...5
A pedido de Berra y su equipo, la Secretaría de Salud porteña convocó a
una consultoría de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Víctor
Penchaszadeh fue quien encabezó la comisión de la OPS, para lo cual
estuvo en la Argentina entre el 29 de junio y el 14 de julio de 1984. Penchaszadeh
repasa cómo surgió la consultoría:
Cuando Mary-Claire King volvió a los Estados Unidos, luego del caso de
Paula Logares, conversamos en varias oportunidades y acordamos la necesidad
de impulsar la iniciativa de crear un banco con muestras de sangre
de todas aquellas personas que supieran o presumieran que podían tener
nietos desaparecidos. De esta manera sus datos genéticos iban a poder contrastarse
con los datos genéticos de los niños que se fueran localizando. Por
entonces el gobierno de Alfonsín le dio la función de ocuparse de esto a la
Municipalidad de Buenos Aires, que disponía de laboratorios que podían
cumplir esa función. Entonces desde la Secretaría de Salud municipal se
generó la asesoría de la OPS, que me designa consultor para venir al país y
estudiar de qué manera se podía organizar el tema. Esto fue en junio del
84, vine, se constituyó una comisión, que hizo un informe y una serie de
recomendaciones.6
A pesar de estos avances, el grado de apoyo por parte del Gobierno no
estaba demasiado claro. Los funcionarios decían que los estudios se iban
a realizar, pero aún no liberaban recursos para adquirir los reactivos indispensables
para llevarlos a cabo. El equipo de genética de Abuelas también
se puso en campaña para solucionar este tema y conseguir los insumos.
Simultáneamente, con los primeros árboles genealógicos armados, se
inició la recolección de muestras de sangre de abuelos y familiares de chicos
desparecidos. Pero cada una de instancias fue produciendo un volumen
de información muy grande, y por lo tanto apareció la necesidad de
sistematizarla. Para esto último resultaba indispensable un soporte informático
y de “minería de datos”. Abel Madariaga, padre de un chico desaparecido
y coordinador de los equipos técnicos de Abuelas, había comenzado
la tarea de cargar todas las denuncias en una base digital.
Madariaga había vuelto al país en 1983. Pero su situación no era fácil.
Cuando los directivos de Aerolíneas Argentinas, la empresa en la que trabajaba,
se enteraron de su pasado montonero y de que buscaba un hijo
nacido en cautiverio, lo despidieron. Sin trabajo, se vio obligado a partir de
nuevo hacia México, a donde ya había estado exiliado durante la dictadura7.
Pero antes quería delegar el tema de la base de datos a alguien de confianza,
capaz de manejar con buen criterio la información extremadamente
sensible que se iba acumulando. Madariaga consultó a Graciela
Fernández Meijide, integrante de la Asamblea Permanente por los Dere-
chos Humanos (APDH), ya que este organismo tenía cierta experiencia
en el tema, y ésta le recomendó al joven Daniel Bustamante, quien hasta
hacía poco había sido colaborador de la APDH. El propio Bustamante
recuerda cómo entró a Abuelas:
Las Abuelas habían recibido una computadora XT, fue el primer organismo
que tuvo una PC, y Abel estaba estructurando la base de denuncias,
ya había hecho un bosquejo y había iniciado la carga de datos. Al mes o a
los dos meses, Abel se fue a México y yo quedé en la parte de computación.
Por esa época también ingresó en la institución Rafael Macela, que
era analista de sistemas, para asesorar en el tema programación. Las computadoras
eran muy chicas y el volumen de datos muy importante. Había
que hacer codificaciones, estructurar bien las bases, y ahí armamos una
especie de equipo con Rafael.8
El equipo de informática de Abuelas trabajaría en conjunto con el de
genética y el resto de las áreas de la institución. Entre las primeras bases
que hicieron había una para almacenar las denuncias que llegaban y otra
para las partidas de nacimiento. Las búsquedas o indexaciones en las
computadoras eran kilométricas, se podía perder hasta media mañana
para encontrar un dato. La otra base que armaron tenía relación directa
con el área genética. Bustamante explica en qué consistía:
Era una base de datos para ir registrando y tratar de reconstruir los árboles
genealógicos de los grupos familiares. La que llevaba ese trabajo era
Diana Grinspon, que acompañaba a los familiares a la toma de muestras
en el Hospital Durand. En ese acompañamiento ella iba tratando de
reconstruir los árboles genealógicos de cada una de las familias, o sea primos,
hermanos, porque en aquel momento los análisis eran por HLA. A
veces se necesitaban muchísimos parientes para poder llegar a una inclusión
dentro de un grupo familiar, a veces se necesitaba reconstruir prácticamente
todo el árbol genealógico para ver qué cantidad de familiares
iban a ser necesarios para llegar a decir “tenemos el patrón genético” o
“tenemos un patrón factible de ser analizado con el del chico que se piensa
mandar al Durand”. Cuando Diana Grinspon volvía con información,
cargábamos todo en la computadora, en unos programitas muy básicos,
porque la computación no daba para mucho en aquel entonces, eran unas
bases de datos en un programa que se llama PC File. Los campos tenían
cierta cantidad de caracteres, eran bastante limitados, había que codificar
mucho, generar una tabla de códigos para los parentescos, evitar que las
escrituras se ingresaran mal, mantener las direcciones actualizadas de los
familiares, los teléfonos, los resultados de las muestras. La idea era producir
una base de cada chico desaparecido: de qué cantidad de familiares disponía,
cuántos se habían analizado, quiénes faltaba analizar.
La otra “pata” del trabajo articulado entre genética y computación la llevaba
Morris Tidball Binz, que hacía las veces de nexo con los familiares y trataba
de convencerlos para que se sacaran sangre. En sus visitas a las familias,
en Buenos Aires y en el interior, Morris también efectuaba extracciones
y trataba de informar sobre el trabajo que se estaba realizando.
“Cierta vez, de vuelta de Mar del Plata, en un pequeño avión de cabotaje
–recuerda Morris–, traía una heladerita con varias muestras de sangre.
En eso el avión se empezó mover, parecía que se iba a caer, y muchas
muestras se cayeron y la sangre empezó a correr por el piso. Algunos
pasajeros se espantaron. Uno, que se había puesto pálido, me preguntó
‘¿Qué es eso?’... ‘Sangre’, le dije”.
Pero más allá de situaciones como ésta, la clave del trabajo estaba en
el trato humano con los familiares para que aportaran sus muestras. Para
Bustamante, que vivió de cerca todo este proceso, el gran mérito estuvo
en la calidad y la calidez de la gente que transitó por el equipo de genética:
Cada grupo familiar es un mundo, cada historia tiene su particularidad,
tiene sus conflictos interfamiliares a su vez. Normalmente donde menos
problemas había era en el grupo familiar del denunciante, por ahí si el
denunciante era la parte paterna, la parte materna que por ahí no tenía
tanto contacto era con la que más costaba… pero con la abuela que tenía
presencia dentro de la institución, porque uno está hablando ahora de
Abuelas y hay muy pocas abuelas que por ahí van los martes [N. de la R.:
martes es el día de reunión de Comisión Directiva en Abuelas], pero
entonces los martes se llenaba, tenías que encerrarte en tu cubículo porque
había Abuelas por todos lados, y por ahí era más sencillo, era distinto.
Pero el gran mérito, lo mejor de la relación de Abuelas y la genética, fue la
calidad humana de las personas que pasaron por el equipo, nunca decayó,
nunca para atrás.
Tanto Morris como Grinspon, cuando se juntaban con las familias, trataban
de hacerse un mapeo preciso de todos los vínculos, y así disponer
de más elementos para, eventualmente, probar la identidad de los chicos
desaparecidos. Pero la falta de una ley que dispusiera la creación del
Banco Nacional de Datos Genéticos representaba un obstáculo. Por
ejemplo, no existía un control firme ni ningún protocolo seguro que
garantizara que los chicos que se analizaban eran los chicos que debían
analizarse.
Las Abuelas tenían miedo de que los apropiadores llevaran a analizar
a otros chicos. Si esto ocurría, los resultados de los análisis necesariamente
indicarían que los chicos en cuestión no eran quienes ellas buscaban.
Para evitar esto, trataron de constatar con sus propios ojos las pericias.
Una abuela, inclusive, llegó a disfrazarse de enfermera para entrar
al hospital y comprobar que se le realizara el estudio a la chica que se le
tenía que hacer.
“Por eso fuimos haciendo consultas a todos los expertos habidos y por
haber, el juez Eugenio Zaffaroni estuvo en eso y muchos más, esbozando
una ley que contuviera nuestras necesidades y apuntado a que fuera
un banco para encontrar los niños desaparecidos pero que también tuviera
el propósito más amplio de resolver otros casos de filiación”, explica
Estela Carlotto. Las Abuelas tendrían que batallar un tiempo más para
lograr la creación del banco.
El papel de la
ciencia forense
En junio de 1984, al finalizar la conferencia que dieron los científicos de
la AAAS en La Plata, un abuelo sentado al fondo del auditorio fue uno de
los primeros en preguntar. “Dígame doctor Snow, ¿sería posible, cabría
esperar que los huesos de un feto se desintegraran en una tumba?”1.
Morris Tidball Binz le tradujo la pregunta a Clyde Snow, científico forense
de Oklahoma que había participado en las tareas que condujeron a la
identificación de los restos del criminal nazi Joseph Mengele en Paraguay
y que había hecho los estudios antropológicos en el caso del asesinato
de John Fitzgerald Kennedy. Snow recuerda la situación:
Le contesté que no, que los huesos fetales pueden durar siglos. No me
podía imaginar hacia adónde apuntaba esa pregunta. Pero después, en
una pausa, me lo explicaron. Hablaron del caso Lanuscou. Se habían
exhumado los restos óseos de la familia, pero entre ellos no estaban los de
la hija menor, Matilde, de seis meses. Les dijeron que sus huesos se habían
desintegrado. Tomé el caso y examiné todos los huesos; encontramos
los de los dos hijos mayores, los de la madre y los del padre, pero ni uno
solo de la niña. Tomamos una muestra de la arena y de la grava que se
habían recogido en el mismo momento de la exhumación de los cuerpos
y la tamizamos; conseguimos unos cedazos y la lavamos. Tardamos horas
y horas. Examinamos hasta la última partícula de grava y no encontramos
absolutamente ninguna prueba de que allí hubiese habido una niña.2
El 4 de septiembre de 1976 fuerzas conjuntas habían atacado con explosivos
la casa de la familia Lanuscou. El informe oficial decía que en el
domicilio se estaba llevando a cabo una reunión de delincuentes subversivos.
Hubo un principio de incendio y se llamó a los bomberos. El informe
agregaba que, concluido el operativo, se había comprobado que en el
interior del edificio había “cinco delincuentes muertos”. Los pasos siguientes
fueron labrar cinco actas de defunción NN e inhumar los cuerpos
en el cementerio de Boulogne, provincia de Buenos Aires.
Las primeras denuncias del caso llegaron a Abuelas a través del abuelo
paterno de los pequeños –que fue quien hizo la pregunta a Snow– y así
comenzó la búsqueda. Después de muchas averiguaciones, que apuntaban
a los cuerpos enterrados en Boulogne, las Abuelas se presentaron
ante el Juzgado de Menores N° 2 de San Isidro, a cargo del magistrado
Juan Carlos Fugaretta, pero el caso no fue investigado3.
Finalmente el 25 de enero de 1984 se realizó la exhumación. Se
identificaron los cuerpos de Amelia, Roberto y sus dos hijos mayores,
Bárbara y Roberto, de cuatro y cinco años respectivamente, todos enterrados
sin nombre. En la tumba que correspondía a la pequeña Matilde
sólo se encontraba el ataúd con sus ropitas, una manta, un osito y
un chupete. Clyde Snow fue el encargado de confirmar que no había
restos de la niña:
Encontramos unas ropas de niña, de entre tres meses y un año. Han estado
enterradas durante muchos años. El pie derecho del osito presenta un
área quemada. Acompañan a esas prendas siete huesos de adultos, pero no
existen evidencias de restos humanos infantiles. Nunca esas ropas envolvieron
un cadáver. Matilde nunca estuvo en ese ataúd. Es así de simple.4
Para aventar toda duda, Snow volvió días después al cementerio. Allí
recogió el osito, el chupete, las medias y la frazada de Matilde y se trasladó
al Hospital de San Isidro. Exploró a fondo todos los objetos y obtuvo
hasta el mínimo resto de tierra que tenían. Después los lavó y los coló.
Detectó que era un tipo de tierra que ayudaba a que los huesos se conserlibro
varan más, y ni aún así quedaban rastros de la nena, ni una mancha, ni
un diente5.
Luego de este trabajo, que le llevó más de un día, Snow no tuvo más
dudas. Matilde estaba viva. Y sus familiares, que ya habían recibido un
mensaje anónimo que decía que uno de los tres chicos estaba vivo, tampoco.
Desde ese momento, la abuela de los pequeños, Amelia Herrera de
Miranda, se incorporó al trabajo de Abuelas desde Córdoba.
La historia de los Miranda-Lanuscou es parecida a la de Jorgelina “Coqui”
Suárez de Pereyra, madre de Liliana, una joven desaparecida que
estaba en su quinto mes de embarazo en el momento de su secuestro. El
informe policial decía que la muchacha había muerto en un tiroteo en
julio de 1978 y que había sido enterrada en un cementerio privado.
Tras la caída de la dictadura, Coqui Pereyra se puso a examinar en los
registros del cementerio las características físicas de los NN enterrados
en aquella fecha. Fue entonces que se enteró de la visita de los antropólogos
forenses y solicitó la ayuda de Clyde Snow para identificar los restos
de su hija. La presunta tumba de Liliana fue abierta y se analizó el
esqueleto.
Los registros pre mortem confirmaban que la tumba era de Liliana.
Pero en contra de las afirmaciones de la policía, los estudios post mortem
revelaron que la joven había muerto a causa de una herida a quemarropa
en la cabeza. Su muerte, dijo Snow, tenía “todas las señales de una ejecución”
6. También se estableció, mediante un estudio de los huesos pélvicos,
que había dado a luz en término o cerca de él, lo que daba crédito a
testimonios de sobrevivientes que compartieron su cautiverio en la
Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA).
Este fue un gran avance para las Abuelas. Ahora era posible, en caso
de encontrarse restos de las mujeres embarazadas, obtener pruebas científicas
con respecto al nacimiento de sus nietos y continuar la búsqueda
con la certeza de que sus hijas habían dado a luz en cautiverio.
Clyde Snow presentó así el caso de Liliana Pereyra en el juicio a las
juntas en 1985: “Todo esto parece lúgubre, pero aquí, al menos, buscamos
muerte y encontramos vida. Pudimos decirle a su madre que aunlibro
que su hija esté muerta, en alguna parte está su nieto. Eso allana el camino
para que las Abuelas de Plaza de Mayo empiecen a buscar y posiblemente
a localizar al niño”.
Lo cierto es que Snow se quedó tres años en la Argentina, yendo y
viniendo de los Estados Unidos. Pero no hablaba una palabra de español,
así que a su lado siempre estuvo Morris Tidball Binz. “Morris se entusiasmó
tanto que dijo: ‘Yo también me voy a dedicar a esto’ –cuenta Rosa
Roisinblit–. Entonces fue aprendiendo de Clyde Snow y fue juntando
muchachos y chicas y juntos formaron el Equipo de Antropología Forense.
¡Pero nació acá!”.
“El equipo es como un hijo de Abuelas, porque nació cuando ellos
ofrecieron la identificación de restos, y Clyde Snow tuvo la fabulosa idea
de formar un equipo con gente joven, y ahí nos encontramos con Morris,
que quedó enganchado para toda la cosecha”, cuenta Estela Carlotto.
En 1986, el grupo de estudiantes de medicina, arqueología y antropología
entrenado por Clyde Snow, formalizó lo que hoy es el Equipo Argentino
de Antropología Forense (EAAF). Luis Fondebrider, otro de los miembros
fundadores, explica que la tarea específica del EAAF “es la investigación de
casos de violencia política, o violencia étnica fuera de la Argentina, la exhumación
de los cuerpos con metodología de la arqueología, y el análisis de
los cuerpos para identificarlos y saber cómo murieron”.
En la actualidad el EAAF desarrolla esta tarea en el país y en otras partes
del mundo y cuenta con oficinas en Buenos Aires, Córdoba y Nueva
York. Desde sus inicios trabaja en la investigación de los casos hasta que
se llega a la posibilidad de trabajar en un cementerio específico, hacer un
análisis de la fosa, y la exhumación y el análisis de los cuerpos. Esto fue
lo que se hizo en los casos de los Miranda-Lanuscou y de Liliana Pereyra,
y también en el caso de Laura, la hija de Estela Carlotto:
En el año 85 exhuman el cuerpo de Laura, mi hija, porque yo le pedí a la
Justicia exhumarla. A mí me entregaron el cuerpo de Laura el día que la
mataron, yo la enterré con una historia falsa que me contaron los militares
asesinos. Y yo me dije que cuando pudiera iba a demostrar que era
mentira. Lo pude demostrar en 1985, cuando le pedí permiso al juez para
exhumarla científicamente, con Clyde Snow, Morris y todos los chicos de
lo que iba a ser el EAAF. La exhumación se hizo en el cementerio y ante
mi presencia. Fue como un acto sagrado, lo hicieron con una delicadeza
notable. Y Clyde Snow, teniendo en la mano unos huesitos de Laura, me
llamó aparte y me dijo: “Estela, tú eres abuela”. Para mí eso fue muy conmovedor
y aparte me dio todos los elementos para presentar en la Justicia,
cosa que de hecho hice.
“Hay algunos casos en los que se pueden ver marcas en los restos, como
el caso de la hija de Estela Carlotto –explica Fondebrider–, quedan marcas
en la zona de la pelvis que permiten conjeturar que la mujer pudo estar
embarazada”. Además de estos casos, el EAAF también logró identificar
a una madre que fue asesinada cuando estaba embarazada de nueve
meses y encontraron el feto, además de colaborar con las Abuelas en todo
lo referente al intercambio de información e incluso en la investigación
que condujo a la recuperación del nieto Manuel Gonçalves en 1997.
Al igual que el equipo de genética de Abuelas, el EAAF fue trabajando
cada investigación junto con las familias de los desaparecidos, construyendo
un vínculo con los familiares a lo largo de los años, conociendo sus historias,
hasta que en un momento tienen la presunción de que en un determinado
cementerio está la fosa con los restos buscados, y ahí comienza la
parte más técnica que es la exhumación y el análisis de los restos.
“Cuando tenemos esa certeza –señala Fondebrider– se le ofrece a la
familia estar presente durante la exhumación” . La exhumación de una
sepultura individual puede tomar cuatro o cinco horas de trabajo. Luego
viene el análisis que en general puede tomar una semana. Con la información
que recuperan del análisis del esqueleto –que tiene muchos
menos elementos que un cadáver fresco–, y la información surgida de la
investigación previa, también llamada ante mortem, el EAAF trata de
determinar la identidad de los desaparecidos.
“Comparamos datos antropológicos, odontológicos, médicos, y en los
casos que la información no es suficiente se recurre a la genética”, expli-
ca Fondebrider. El estudio de ADN lleva más tiempo, porque entra
jugar la posibilidad de recuperar material genético, cuán ocupado está el
laboratorio, cuánto dinero haya para reactivos. Por último se llega a la
instancia judicial. Lo que hace el EAAF es brindar una opinión técnica al
juez, y éste es el que decide si acepta o no la identificación. Todo ese proceso
puede tomar varios meses.
Con el tiempo el EAAF fue creciendo y extendiendo sus actividades
hacia más de 30 países (Bosnia, Timor Oriental, Filipinas, entre otros).
Fondebrider detalla la experiencia internacional que fueron acumulando
en estos 22 años de trabajo:
Decidimos empezar a trabajar en otros países porque venían familiares y
nos pedían. Argentina fue un país que recibió mucha solidaridad durante
la dictadura, mucha gente buscó refugio en otros países, y nos parecía
que era una cuestión básica devolver de alguna manera eso a la gente que
había ayudado tanto. Y bueno, si podíamos hacerlo, nos pareció lo correcto
ayudar a otros familiares de otras partes del mundo que lo podían necesitar,
en regiones mucho más difíciles que la Argentina por la falta de recursos
y violencia. Haber trabajado ya en tantos países nos da una perspectiva
comparativa bastante amplia, tomando en cuenta que lo que pasó
acá no pasó solamente acá, pasó en otros lugares, con otras características,
y esta perspectiva también enriquece el análisis de lo que pasó acá. Si bien
cada país es diferente, la actitud de las víctimas y sus comunidades es bastante
semejante: todos quieren saber la verdad, todos quieren justicia.
Según Fondebrider, lo más interesante a partir de la creación del
EAAF fue la posibilidad de romper “esa separación entre ciencia y sociedad,
ciencia y derechos humanos, tratando de integrar las dos partes,
haciendo a los familiares el centro de la tarea, teniendo muy en claro que
ellos son los protagonistas, no los científicos”.
La idea de los miembros del EAAF también consistió en romper esa
relación poco transparente que normalmente se da entre los familiares y
el poder judicial, en la cual los familiares dan una información y al final
reciben un resultado, pero no saben qué pasa en el medio. “Queremos
mostrar que es posible hacer ciencia con la gente al mismo tiempo”,
resume Fondebrider.
Morris, quien entre 1984 y 1989 repartió su tiempo entre Abuelas y el
EAAF, sostiene que el Equipo le debe su nacimiento a las Abuelas:
“Hay que destacar la inteligencia y la visión de las Abuelas, y sobre todo
el apoyo que dieron cuando buena parte de las Madres de Plaza Mayo se
opusieron a las exhumaciones de restos. De hecho las Abuelas gestionaron
ante HEKS [Organización de ayuda de las iglesias protestantes suizas],
el primer dinero para el EAAF”.
En 1989 Morris dejó Abuelas para dedicarse tiempo completo al EAAF y
actualmente se desempeña como coordinador forense del Comité Internacional
de la Cruz Roja. Allí, como hace 20 años en la Argentina, también
se ocupa de la aplicación de la ciencia forense para la búsqueda de
paradero de personas desaparecidas, y cada vez que visita el país pasa a
conversar con las Abuelas. Morris no tiene más que palabras de agradecimiento
y admiración para estas mujeres:
Fue una etapa muy linda y extraordinaria en cuanto a las ideas que se
generaron y las propuestas que se llevaron adelante, usando la ciencia
forense para el fin específico de investigar la identidad de los niños y los
crímenes cometidos por el terrorismo de Estado. Abuelas es el origen del
desarrollo de las ciencias forenses aplicadas a los derechos humanos. Porque
había teoría, pero nunca se hubiese organizado si no fuera por las
Abuelas.

Creación del Banco
Nacional de Datos
Genéticos
El 20 de febrero de 1986, el mismo año en que se formalizó el EAAF, el
presidente Alfonsín recibió a las Abuelas. Participaron de la reunión
Estela Carlotto, Rosa Roisinblit y Estela Mariani, además del entonces
subsecretario de Derechos Humanos Eduardo Rabossi. Las Abuelas le
entregaron un escrito al Presidente que comenzaba así:
Planteamos al Señor Presidente de la Nación la situación de centenares
de criaturas privadas de todos sus derechos por un Estado de Facto, y que
continúan en las mismas condiciones sin que el Estado de Derecho los
haya liberado de su esclavitud. Las acciones tendientes a reestablecer los
derechos de estos niños […] resultan insuficientes a la luz de la experiencia.
[…] El Presidente conoce nuestra lucha desarrollada durante los últimos
nueve años para localizar a nuestros nietos, lo que se ha conseguido
en 38 casos. Pero una vez encontrados, casi siempre transcurren años en
indecisiones judiciales, trabas, incompetencias y lentos trámites. Sabemos
que no es rápido el accionar de la Justicia, pero aquí se trata de la
vida de niños que fueron atrozmente privados de sus derechos; y el transcurrir
del tiempo en una criatura esclavizada, no debe tener el mismo
ritmo que el de un expediente común.1
“¿Cómo que no hemos hecho nada? Hemos creado la CONADEP, hemos
juzgado y encarcelado a las juntas militares”, replicó Alfonsín. “Es
cierto –le dijeron las Abuelas–, ¿pero hay algún chico que haya sido
encontrado por el trabajo del Gobierno o con la ayuda concreta del Gobierno?”
. El primer mandatario se quedó en silencio y escuchó a las
Abuelas, que le formularon cuatro pedidos, uno de ellos directamente
relacionado con la genética: que presentara al Parlamento un proyecto de
ley por el cual se diera validez legal a los análisis genéticos que se realizaban
en el Hospital Durand y se estableciera la creación del Banco
Nacional de Datos Genéticos (BNDG). La acumulación de pruebas sobre
los niños y la eficacia del análisis eran un poderoso argumento, y Alfonsín
aprobó lo solicitado.
Las Abuelas, junto con una serie de organismos gubernamentales y el
Servicio de Inmunología del Hospital Durand, redactaron el proyecto
que fue unánimemente convertido en ley por el Congreso en mayo de
1987. Por esta ley, la 23.511, se creaba un banco de datos para resolver
cualquier tipo de conflicto que implicara cuestiones de filiación, incluidos
los casos de los niños desaparecidos.
El texto de la ley especificaba que los servicios del banco serían gratuitos
para los familiares de los desaparecidos. En otro orden, disponía que
todos los tribunales de la nación realizaran el estudio de marcadores genéticos
en cualquier niño con filiación dudosa y establecía los procedimientos
que debían seguir los familiares que vivieran en el extranjero y
quisieran hacer uso del banco. También determinaba que la negativa a
someterse a la prueba se consideraría como una señal de complicidad en
los secuestros. Y dada la expectativa promedio de vida en el país, se calculó
que el banco podría ser utilizado por los menores secuestrados por
lo menos hasta el año 2050, es decir que hasta entonces deberían conservarse
las muestras de sus familiares.
Ana María Di Lonardo, jefa de Inmunología del Durand desde el 1° de
octubre de 1980, fecha en que se creó el servicio, pasó a ser también
directora del BNDG, puesto que ocupó hasta marzo de 2006. Los estudios
sobre desaparecidos recayeron en el Durand porque contaba con la
infraestructura y el personal necesarios. “Lo mismo que hacíamos para
inmunología lo hicimos después para el Banco –explica Di Lonardo–.
Todo el Poder Judicial aprovechó después nuestros estudios periciales.
No había ningún otro lugar del Estado donde hacerlo”.
Las normas que crearon el BNDG disponían que la Ciudad de Buenos
Aires pagara el equipamiento y el personal científicos, en tanto el Ministerio
de Acción Social de la Nación tendría a su cargo la provisión de los
reactivos químicos y otras sustancias necesarias para los análisis. Sin
embargo, la realidad no sería tan sencilla. Tanto la Municipalidad como
el Ministerio incumplieron repetidas veces lo convenido.
Mantener y actualizar el Banco se convirtió en una de las principales
preocupaciones de las Abuelas. En septiembre de 1988 éstas se reunieron
con funcionarios del Gobierno para urgirlos a promulgar las leyes en
respaldo del Banco. Debido a la falta de recursos para hacer los estudios,
el trabajo prácticamente se había interrumpido.
En noviembre las Abuelas acudieron a una nueva audiencia con el
presidente Alfonsín. Le solicitaron que garantizara la asistencia económica
indispensable para el funcionamiento del Banco y también le pidieron
que designara un fiscal especial para seguir los casos de los chicos
desaparecidos, a fin de apurar las investigaciones. Tras escucharlas, Alfonsín
nombró una comisión para acelerar tanto a las investigaciones de
estos casos como la iniciación de los procedimientos legales necesarios
para resolverlos.
Con la sanción de la ley en 1987 y su reglamentación en 1989, las
Abuelas tuvieron la tranquilidad de que los jueces no tenían más que
aceptar que había una ley, que el Banco era serio y que los análisis eran
fiables. El BNDG fue creciendo en muestras de sangre de los familiares
a partir de todo el trabajo institucional de las Abuelas, quienes, por otra
parte, gestionaron la donación de reactivos y equipamiento del exterior
dadas las dificultades económicas que atravesaba la Argentina.
En 1985 ya habían logrado que Danielle Miterrand, esposa del fallecido
presidente francés Françoise Mitterand, les donara la primera computadora
para el BNDG, un freezer a menos 80 grados, conservadores de
nitrógeno líquido, reactivos, entre otros elementos. Cuando la computadora
quedó obsoleta, volvió a donar otra, en 19887.
Por entonces el médico Jorge Berra, coordinador del equipo de genética
de Abuelas, elaboró un detallado informe sobre el Banco y la identificación
de los chicos desaparecidos [ver Apéndice 2]. Tanto él –que hacía
de vínculo con Di Lonardo– como las Abuelas, eran concientes de que
además del compromiso del Gobierno y la participación activa de los
familiares, necesitarían del apoyo de la comunidad científica internacional.
El informe elaborado por Berra, que resumía un poco toda la cuestión,
tenía ese objetivo.
Pero también hubo problemas. A poco de establecerse el Banco se
produjo un sonado caso en el cual se le asignó erróneamente la identidad
a una niña. Estela Carlotto recuerda bien el caso. En 1978, poco después
de recibir el cuerpo de su hija Laura, un familiar suyo que tenía
amistad con una enfermera de la Casa Cuna de Buenos Aires le comentó
que una beba recién nacida había sido “abandonada en un ascensor”.
De allí la llevaron a la Casa Cuna, donde estuvo un día solamente, y un
juez la entregó en adopción a un matrimonio que no tenía hijos. Ella
misma relata el episodio:
Este familiar me avisa esto y yo me voy volando a la Casa Cuna, porque
era coincidente la fecha con la fecha de mi nieto. Yo en ese entonces no
sabía si era varón o mujer. Me presenté en la mesa de entradas, dije que
era una abuela, que quería hablar con el director, no le dije que era Abuela
de Plaza de Mayo. El director me recibió muy cordial, le dije que era
una abuela y que quería saber si la niña que ingresó en tal fecha podía ser
mi nieta. “Sí señora, podemos averiguar”, me dijo. “Porque yo soy una
abuela que busca mi nietito desaparecido”, le dije después, y cuando le
dije esto el hombre cambió de cara, de color, de posición y de actitud. “Si
la niña salió, yo a usted no le puedo contar nada”, me dijo, y me cerró la
puerta en la cara. Entonces volví a la mesa de entradas, donde tenían los
legajos de los chicos, y le dije a la empleada que era una abuela, a ver qué
podía decirme de la niña que entró tal día y que egresó a los dos días para
ser dada en adopción. Tampoco le dije que era Abuela de Plaza de Mayo.
“Sí, acá están anotados, a ver, espere un momentito”, y salió. No sé si fue
a hablar con el director o qué, entonces yo, como buena maestra, leí el
libro al revés y pude ver las fechas, el nombre, y el juez: Wagner Gustavo
Mitchell. Cuando volvió la mujer me dijo: “No señora, lo lamento pero no
le puedo dar información porque es reservada”.
Estela Carlotto le agradeció a la mujer y se fue a Tribunales a ver al juez
Mitchell. La recibieron los custodios y ella pidió hablar con el magistrado.
Le preguntaron por qué tema era. Ella respondió que era una abuela
que buscaba a su nieto desaparecido y tenía información de que él había
dado en adopción a una niña. La hicieron esperar un rato y volvieron con
un mensaje: “Dice el doctor Mitchell que no la puede recibir, pero le
manda decir que se cuide, porque puede aparecer en una zanja”10. Carlotto
salió del juzgado temblando. Dos años más tarde se enteraría que
su nieto es un varón, o sea que la niña dada en adopción por Mitchell no
podía ser su nieta.
Pero en 1985 volvió a cruzarse con la historia de la niña. Llegó a la sede
de Abuelas una mujer diciendo que tenía una niña adoptada, llamada
Juliana, que le había sido entregada por su primo, el juez Mitchell, luego
de ser abandonada en la Casa Cuna.
La buena voluntad de Carmen Rivarola y de su esposo, José Treviño,
que sabían que su hija adoptiva podía ser una de las nietas que buscaban
las Abuelas, aceleró las cosas. “Vinieron a preguntar si queríamos investigar
si esa niña que ellos querían tanto era una de las nietas que estábamos
buscando –recuerda Carlotto–. Fueron los únicos que vinieron a
hacer un pedido así”.
A partir de entonces las Abuelas empezaron a hacer las gestiones para
analizar a la criatura. Pero allí comenzaron los problemas. En junio de
1988, el juez federal de Morón a cargo del caso, Juan María Ramos Padilla,
le pidió a la jefa del Banco, Ana María Di Lonardo, que le llevara rápidamente
los resultados del caso de Juliana Inés Treviño porque si no iba
a ordenar su detención.
Di Lonardo aceptó la solicitud y entregó los análisis. El examen de histocompatibilidad
daba un 98,91 por ciento de probabilidad de que la niña
pertenecía al grupo familiar Sandoval-Fontana. El estudio había sido realizado
en mayo y en él se había comparado la sangre de Juliana con la de
seis miembros de la familia Sandoval-Fontana. Con este resultado el
juez ordenó la restitución, que se hizo en horas de la noche, trasladando
a la niña de una casa a otra y dejándola con los Fontana, que creían que
era su nieta.
Los que estaban furiosos eran los Treviño, porque se había violado el
derecho a esa intimidad que ellos habían querido resguardar desde que
se acercaron a las Abuelas, y así comenzó una verdadera guerra por los
medios. Los Treviño impugnaron los análisis argumentando, en base al
expediente, que había una diferencia de tres meses entre la edad de Juliana
y la fecha estimada del nacimiento en cautiverio de la nieta de los Sandoval-
Fontana.
El juez Alejandro Sañudo, subrogante de Ramos Padilla, quien había
renunciado el 31 de julio de 1988, ordenó hacer un nuevo análisis. La
directora del BNDG volvió a confirmar la filiación de Juliana, ahora con
una probabilidad del 99,91 por ciento. Sin embargo, a pesar de este
nuevo análisis y de las recomendaciones en contrario de los psicólogos,
Sañudo determinó que la niña debía que volver con los Treviño. La nueva
restitución se realizó en horas de la madrugada, en un patrullero y con
un gran despliegue mediático.
Dos años más tarde, con una metodología más avanzada, se comprobaría
que la niña no pertenecía al grupo Sandoval-Fontana, pero el daño ya
estaba hecho. Los Treviño quisieron hacer juicio a las Abuelas y exigieron
que les pidieran disculpas, pero el error no había sido de ellas. “El error
fue de la Justicia y del Banco, ahí no teníamos nada que hacer. El Banco
produce los exámenes, la Justicia la restitución”, sostiene Carlotto14.
La directora del Banco, Ana María Di Lonardo, se defendió diciendo
que por el método de HLA era imposible excluir a la niña porque compartía
las bases genéticas con las dos familias. “El señor juez consideró
que era satisfactorio y dijo ‘es’. Evidentemente la niña compartía el árbol
genético por azar, no por nexo biológico”, explica Di Lonardo, quien además,
en su momento, arguyó que la fórmula aplicada, descubierta por
Mary-Claire King, era incorrecta. Víctor Penchaszadeh tiene su propia
opinión sobre el caso de Juliana Treviño:
No es que los análisis hayan sido mal hechos, sino que la comprobación
estadística, la formulación estadística de probabilidad de inclusión se utilizó
mal. Por otra parte los análisis de histocompatibilidad, en relación a
los de ADN, tienen un componente subjetivo muy fuerte. La técnica
incluye la observación al microscopio para determinar si hay o no aglutinación,
que se manifiesta por un enturbiamiento y formación de grumos
en la placa de análisis. Era bastante artesanal comparada con los análisis
de ADN que aparecieron después. Además, se hicieron las cosas de
forma apresurada e improvisada, el juez que estaba a cargo de ese caso
buscaba notoriedad pública y los responsables del laboratorio no analizaron
algunos integrantes claves de la familia Sandoval que de haber sido
estudiados desde el comienzo se hubiera evitado el error. Cuando se produjo
el caso de Julia Sandoval, que no era Julia Sandoval, fue un retroceso
muy grave. Se trató de un caso público que duró todo el año. Pero si se
leen los periódicos de la época, por sobre la incertidumbre genética hubo
una operación ideológica por parte de la derecha, que abogaba por el status
quo: “Lo que pasó, pasó, ahora los chicos están con quienes están,
dejémoslos tranquilos”. 
Penchaszadeh intensificó su colaboración con las Abuelas participando
de comunicados, conferencias de prensa y defendiendo los exámenes
desde un punto de vista ético. Lo mismo hizo el equipo de psicología de
la asociación, al tiempo que los medios difundían la idea de que con la
restitución se le creaba un “segundo trauma” al niño. Pero en ese momento
ya estaba apareciendo la tecnología para estudiar directamente el
material genético, es decir el ADN, ya no a través de sus productos, y todo
se hizo más sencillo. Pronto el BNDG también comenzaría a equiparse
con esa tecnología y los análisis de ADN llegarían a ser prácticamente
infalibles.

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